Inicio Destacado Colonias inmigrantes quieren resurgir y apuestan al marketing para salvar su legado

Colonias inmigrantes quieren resurgir y apuestan al marketing para salvar su legado

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Este es un agosto amargo en Nueva Helvecia. A los pies del monumento que homenajea a sus fundadores —donde la leyenda negra indica que habría enterrada una bandera nazi— reposa la ofrenda floral que el sábado pasado se colocó para honrar un nuevo aniversario de la fundación de la Confederación Helvética. Fue un evento protocolar, limitado por la pandemia, incomparable con el habitual despliegue de un mes entero de festejos a toda pompa que conquistó el corazón del embajador Martin Strub cuando descubrió que en esta colonia, a 11.120 kilómetros de distancia, la independencia de Suiza se celebra con más entusiasmo que en su pueblo. 

La suspensión de las actividades entristeció a los descendientes comprometidos a que la memoria de los colonos no pierda vigencia. Misión que en los últimos años disfrutó de una creciente atención por parte de las autoridades municipales, que diseñaron políticas para desarrollar el turismo y el comercio local aprovechando su particular identidad. Así, la experiencia de Nueva Helvecia se convirtió en un modelo exitoso que otras colonias ansían replicar para gestionar su memoria histórica. La fórmula es: exponerse para conservar. 

El 1° de agosto, fecha en que se festeja la Fiesta Nacional de Suiza, fue durante décadas un día feriado en este pueblo. Ya no. En la víspera, el 31 de julio, la Sociedad Tiro Suizo organiza una cena con comida, música y bailes típicos. Cuando llega la medianoche, cantan el himno suizo y el nacional. Con una copa de vino caliente con canela en la mano, ven arder una fogata. Luego, tiran cañonazos de salva. “Nos vestimos con unos chalecos rojos y unos gorros antiguos que nos donó la embajada”, cuenta Pablo Oronoz, uno de los custodios de esta institución deportiva, la más antigua del Uruguay. 

Durante los tres fines de semana siguientes, distintos clubes organizan fiestas multitudinarias. En los calendarios de los tataranietos y bisnietos de los colonos que llegaron en 1862 —desde Suiza, y en menor medida de Alemania, Austria y Francia— estos son días añorados para demostrar que la llama de la tradición sigue viva. 

No siempre fue así. Héctor Prieto, del grupo de danzas Los alegres alpinos, cuenta que para no “chocar” con los criollos se solía bailar puertas adentro.Un vecino, desde el anonimato, dice que antes había una grieta entre quienes tenían raíces helvéticas y los que no: “Unos iban a unas fiestas y los otros iban a otras, eran dos carriles culturales en paralelo”. Esta división se mantenía hasta en el cine, donde se sentaban separados y de vez en cuando se tiraban piedras de una punta a la otra de la sala. 

El paso del tiempo y los matrimonios cruzados entre europeos y criollos fueron dejando atrás estas desavenencias sociales y los apellidos germánicos. Tal es así que dos de los referentes culturales más importantes de la descendencia helvética se llaman Nelson y Jorge y se apellidan primero Barreto y después Bratschi. “Los genes tiran”, dicen, y los tres cantones de descendencia germánica que llevan en las venas se estampan en la camisa bordada con la flor de edelweiss —símbolo de los Alpes suizos— que viste Jorge y la música tradicional que se escucha de fondo en el hogar de su hermano, Nelson. 

“Este es un pueblo con una identidad fuerte y los que vienen desde afuera se van plegando y al final los ves desfilando con los trajes típicos”, dice Jorge. El entusiasmo de los no helvéticos es clave para mantener el hilo cultural de generación en generación y alejar el temor a que estas tradiciones se pierdan. 

Si en la generación de los descendientes que rondan los 30 a 40 años se notó un desinterés —algún padre llegó a pagarles a sus hijos para que desfilaran con su familia en la concurrida Bierfest—, ahora la ilusión está puesta en conquistar a los niños pequeños: tengan orígenes de Europa central o no. 

En el liceo público ya hay un coro germánico, pero Vanesa Celio dio un paso más y creó el grupo de danzas An unsere Schweiz con la pícara intención de que la tradición hecha rutina les haga revalorizar —una vez que crezcan— “la sangre suiza que les corre por las venas”. Y por el corazón. Porque, aclara el embajador Strub, la inmensa mayoría de estos parientes lejanos no tienen la nacionalidad ni podrán conseguirla puesto que los colonos no se preocuparon por registrar a sus hijos en el consulado. “¿Por qué pensarían en volver si acá habían encontrado el paraíso”, plantea Strub. 

Las dos caras de la moneda se juntan en el Tiro Suizo. Así como Oronoz recibe mensualmente el pago de afiliados que nunca pisan el club pero quieren mantener erguida la tradición del tiro con su aporte económico, una vecina le entregó una colección de medallas antiguas —de esta misma institución— que encontró en un contenedor, junto a la basura. 

 
Ante la emigración hacia la capital de los jóvenes, la progresiva pérdida del idioma y el interés en cuenta gotas de las nuevas generaciones para aprender músicas y bailes típicos, ¿qué aliados tienen las colonias de inmigrantes del tipo de Nueva Helvecia para evitar que sus tradiciones estén condenadas a desaparecer? 

Tomado del diario El País